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La segunda vista

Tras cinco años trabajando sobre el contexto artístico de Lanzarote, una voz interior me dijo que era el momento de indagar en lo más profundo de mí.

Me he permitido la licencia de empezar con la manida expresión una voz interior, debido a la naturaleza de esta exposición. He pintado estos cuadros inspirándome en mi mundo inconsciente; concretamente en imágenes que conseguí retener de mis sueños. Hasta ahora, no había reparado en la facultad que tienen el cerebro y los sentidos para que sigamos viendo durante la pérdida de la vigilia, o sea, mientras dormimos. Parece que tuviéramos oculta una segunda vista.

El proceso de los cuadros comenzaba en mitad de la noche. Concretamente cuando me desvelaba con alguna imagen en la mente que iba a esfumarse en un instante. Apresuradamente cogía el lápiz y la libreta que esperaban estratégicamente en la mesita de noche, y dibujaba y anotaba todo lo que conseguía recordar del sueño. A la mañana siguiente representaba aquella visión a partir de esculturas, ensamblajes y diferentes objetos que distribuía teatralmente en el estudio. Una vez construida la escenografía, el último paso era trasladarla a las dos dimensiones de la pintura. Debido a mi tendencia a profundizar en el acto de mirar, necesitaba transitar entre las tres formas de observación: onírica/escenográfca/pictórica. Era la única vía para aspirar a registrar la metafísica de los sueños.

Las percepciones oníricas, debido a su naturaleza, no tienen mucha información y carecen de detalles, por lo que debía interpretarlas mediante muchas decisiones que califcaré de intuitivas. En la práctica, esto se tradujo en que ninguna obra salió a la primera. Acepté que los cuadros fueran creándose a base de rectifcaciones, sucesivas capas de pintura, objetos que cambiaban de tamaño o de ubicación, etc. El proceso se convirtió en una pugna entre dos voces que parecían no saber nada la una de la otra. Por un lado, mi parte inconsciente me ofrecía una visión enigmática que no seguía los parámetros del mundo real.
Y por otro, mi parte consciente buscaba explicaciones y la manera de plasmarla en una pintura. En este punto recuerdo una concisa frase con la que Sigmund Freud defnió el psicoanálisis: «Donde estaba el ello
(lo inconsciente), allí debe llegar el yo (lo consciente).»

¿Estaba psicoanalizándome durante las sesiones de pintura? ¿Las lenguas que se abalanzan sobre lápidas signifcan que todavía sigo deseando a amores que ya han terminado? ¿Las monedas que caen de un
bolsillo representan la intermitente incertidumbre económica? ¿Los seres híbridos que parecen esconderse personalizan mi sentimiento de bicho raro? Ante la duda, me curaré en salud cuanto antes: por supuesto que no he hecho nada desde el rigor médico o psicológico. Aunque fue inevitable que aparecieran conexiones con experiencias personales, prefiero decir que descubrí una forma de trabajar cercana a la fabulación literaria, que me ofrecía el silencio y la soledad necesarias para mi momento vital actual.

Realmente no sé qué quieren decir estos cuadros. Tampoco veo necesario acotar su signifcado con más explicaciones. Sí me gustaría dirigirme a ustedes de forma distinta al discurso político, al comentario del
vendedor de seguros, a la publicación de las vacaciones en Instagram. Mi ideal sería esquivar esas formas de diálogo y acceder a otro lugar más profundo de nuestra psique. Al mismo punto del que emergieron las
obras. Una dimensión donde no hay vergüenza, ni resentimiento, ni competitividad porque sientes que todo está conectado. He estado un año pintando para esta exposición. La paradoja es que, cuanto más
profundizaba en mí mismo, más poderosa era la sensación de universalidad que alcanzaba. Era esperanzador. He querido compartirlo.

Daniel Jordán

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