La escultora Cristina Iglesias tras residir en Madrid trasladó su residencia a Londres, donde realizó estudios en la Chelsea School of Art y donde mostró su obra por primera vez en el año 1982. Tras participar en algunas exposiciones colectivas, celebró sus primeras muestras individuales en la Casa de Bocage en Setúbal, Portugal y la galería Cómicos de Lisboa (1984). Los años del período londinense resultaron decisivos a la hora de definir dos rasgos en su trabajo: su formación británica y su decidida voluntad europea, alcanzando en pocos años un progresivo reconocimiento a escala internacional.
Cristina Iglesias ha mantenido desde casi sus primeros trabajos, en los que el espacio era tentado todavía de una manera indecisa, una constante investigación en torno a las contradicciones y los contrastes de ciertas dualidades (frío-calor, duro-blando, liso-texturado, rígido-doblegado) que pueden adoptar los materiales que más frecuentemente utiliza: metales como el hierro, el zinc y el cobre; el cemento, que aparece a menudo coloreado; el crotal, que genera reflejos y el alabastro, que en delgadas lajas se vuelve translúcido; la luz artificial, que como iluminación interna recurrentemente aparece referida a través de lucernarios, saetas o ventanales; tejidos y tapices con motivos ornamentales que pueden en ocasiones, aparecer en bajorrelieve o serigrafiados sobre otros soportes.
En sus obras, la combinación de aspectos tradicionales de la escultura arcaica e ibérica se entrelazan con referencias clasicistas, de la vanguardia histórica o del arte conceptual de los años setenta. Sus esculturas, de un marcado carácter arquitectónico (estructuras de elementos constructivos como contrafuertes, pilastras, arbotantes o bóvedas son frecuentemente evocadas) resultan complejas y sutiles organizaciones que hacen referencia a otra dualidad espacial: la del suelo-pared, y en las que ambos se interrelacionan. Así, en la instalación de sus piezas, éstas tienden a ocupar los rincones y las esquinas, el techo, los planos verticales, «[…] recreando un entorno íntimo, y el conjunto se percibe como una sinfonía de ecos, sutiles y contenidos […]», según palabras de Miguel Fernández-Cid. Como en Sin título, L.1. que recrea con los medios de la obra gráfica una figura que no sería extraño encontrar dentro de su producción tridimensional: limpios planos articulados a modo de biombo en cuya superficie erosionada, carbonizada, entre tonos rojizos y negros, se distinguen impresos motivos vegetles como memoria de un tiempo pretérito —¿fósiles?—, pero que no esquivan una decidida vocación ornamental.
Andrés Sánchez Robayna, en el texto del catálogo publicado con motivo de la presentación de la carpeta Malpaís, editada por el taller Línea, a la que pertenece este ejemplar —así como algunas otras piezas de obra gráfica del museo— comenta sobre él: «Este grabado de Cristina Iglesias, cuya belleza no es inferior a su efecto de prodigiosa solidez (¿se debe aquélla a ésta?), impone su grave presencia como si se tratara de un severo pero, al mismo tiempo afirmativamente armónico monumento a la serenidad».

