El pintor Gastón Orellana Gómez, descendiente de españoles, nació en Cerro Alegre de Valparaíso, Chile, el 18 de julio de 1933. Su formación artística da comienzo con los estudios especializados que realizó en la Escuela Vocacional de Educación Artística de Santiago de Chile, matriculándose en el año 1946 y donde permaneció como alumno interno durante dos años. En 1949 comienza sus clases de dibujo con Franz Soyka y de pintura con Teresa Vidal en la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar. A la vez que inicia estudios de violín en el Conservatorio de Música en la misma ciudad. En 1950 realiza viajes de Estudios Arqueológicos por Perú, Bolivia y Argentina. Al año siguiente, en el Instituto Chileno-Norteamericano de Cultura Valparaíso, tiene lugar su primera exposición individual de pinturas, que es clausurada por el director del centro, lo que provocará un considerable escándalo.
Con veinte años Orellana llega a España y tras vivir una etapa de intenso aislamiento en Mallorca, fija su residencia en Madrid, donde fue uno de los fundadores del Grupo Hondo, en 1959 y del que formaba parte junto a Fernando Mignoni, Juan Genovés, José Jardiel, y el poeta Manuel Conde. Este grupo, de indudable importancia pese a su corta existencia, se situó dentro del panorama de la creación pictórica española en lo que se denominó Nueva Figuración. Los componentes del Grupo Hondo presentaron en 1961 bajo la edición de un manifiesto conjunto, su primera exposición en la galería Neblí de Madrid, siendo su segunda y última dos años más tarde, en el Museo Español de Arte Contemporáneo de la misma capital.
Su obra, dentro de cierta figuración expresionista, distorsionada y enfática, se puede poner en relación con la de Kitaj, Bacon, De Kooning, Matta, Irving Petlin, Oyvin Fahlstrom o también, ya en un entorno más cercano, con la de Fermín Aguayo, Barjola, Orcajo, Orlando Pelayo y un cierto Saura. En este óleo sobre lienzo del año 1969, la iconografía de Orellana es fiel a una constante mantenida a lo largo de su trayectoria: una aguda y punzante crítica de los males que oprimen al hombre, sostenida sobre un concepto ético de inconformismo y un intenso compromiso moral y solidario. Sus figuras desvitalizadas y la atmósfera de muerte que las rodea, haciendo una presencia plástica en una gama tonal reducida al bitono y un expresionismo arcaizante, pone de manifiesto su obsesión por los horrores de la guerra, la violencia y la opresión, que tan a menudo son objetos de denuncia en sus cuadros.
El expresionismo desgarrado de una primera época evolucionará ya adentrándose en la década de los setenta, hacia una pintura donde las formas de figuras y objetos tienden a disolverse parcialmente en el ambiente que los circunda, a la vez que sufrirán un sutil proceso de esquematización; y en ella, lo anecdótico del detalle singular desaparecerá para dejar paso a una pintura de vocación simbólica que recoja enérgicamente la fuerza de su protesta.

