Terminada la Guerra Civil española la familia de Rafael Canogar viaja por diferentes provincias. En 1964 se trasladan a San Sebastián, coincidiendo en la misma casa con el pintor Olasagasti, quien les recomienda que trabaje con el pintor vasco Martiarena. La familia se traslada a Madrid y empieza a trabajar con Vázquez Díaz, con quien oirá hablar por primera vez de Braque, Picasso, Miró, etc. En 1952 expone en la Galería Xagra de Madrid, junto a Cristino de Vera. Durante estos años, pasa los veranos en Toledo pintando alguna de las obras que expondrá en 1954 en la Galería Altamira. En esta época, su pintura presenta ya una trayectoria personal, que le sitúa dentro de la abstracción. Su obra sugiere una nueva naturaleza, a través de un cierto lirismo mágico, que le aleja del realismo y que muestra la clara influencia de Klee y Miró situándolo en el camino del informalismo.
En 1957 el encuentro con los otros pintores y críticos y la situación artística del país, le anima a participar en un nuevo proyecto, formando parte del grupo El Paso, que nace como una «[…] actividad que pretende crear un nuevo estado del espíritu dentro del mundo artístico español». Como la mayoría de los miembros del grupo opta por el expresionismo gestual, que el artista define como una «[…] acción física espontánea, donde a través del gesto se expresaban estados de ánimo. Era la gestualidad del subconsciente, la expresión de lo irrepetible con una caligrafía directa y espontánea. Obras eminentemente intuitivas y pasionales […]». En este periodo el artista abandona el pincel por las manos, los dedos surcan la materia pictórica «como el labrador castellano trabaja la tierra», o aplica directamente la pintura desde el tubo, predominando el claro-oscuro, con notas color en azules, rojos y ocres.
Hacia los años sesenta su obra empieza a introducir referencias a la realidad, que toma de los medios de comunicación y de la fotografía, al tiempo que sus imágenes se van limpiando de materia. Accidentalmente descubre que los fondos trabajados desde el reverso de la tela dejan pasar el color, dando un carácter de veladura que no interfiere con la imagen. En 1967 evoluciona hacia una poética de compromiso, el hombre anónimo, las imágenes urbanas y las referencias a lo cotidiano adquieren una tercera dimensión, que nace por necesidades expresivas.
La madera y el poliéster, reforzados con fibra de cristal, son ahora la base de su trabajo. La vuelta a la gama de negros acentúan la opresión y la injusticia mostrando al hombre actual en sus circunstancias más adversas.
A mediados de los setenta se produce en Canogar un nuevo cambio, su interés por las texturas y la ordenación de espacios mediante elementos formales de tradición cubista empiezan a manifestarse en su obra. En 1975 Canogar escribe: «Mi obra, ante una situación y unas expectativas de evolución histórica también cambian; un retorno al orden, a la esencialidad del arte, a través de un análisis del soporte y del material […]». De esta época es la obra P-9-76, donde las franjas de color que se cruzan en distintas direcciones crean un ritmo lineal, que será cuidadosamente estudiado y valorado por el artista a través de la pincelada y la solidez del color, delimitado por estas tiras lineales que lo determinan.
Las obras de este periodo se han liberado de la violencia expresiva del informalismo, y como nos cuenta «[…] deja su huella silenciosamente, como una reflexión de la pintura misma, que va cubriendo la superficie del cuadro como un oscuro telón que cubre su superficie, que nos impide penetrar en ese espacio virtual del cuadro, una superficie que nos remite inexorablemente la especificidad bidimensional de la obra pictórica. Es la construcción de un muro que obliga al hombre a detenerse y mirarse a sí mismo, como en un espejo».
Ya en los ochenta el pintor inventa una nueva iconografía, basada en la recuperación de nuestra vanguardia histórica, a través de la representación inspirada en las esculturas de cabezas de Julio González, en las que el pintor vuelve a la estructuración de espacios en el lienzo, a través «[…] de la representación del hombre como arquetipo, como tótem».
Hacia finales de los noventa el artista trabaja con la pasta de papel, componiendo mediante la adición de formas elementales y geométricas un soporte irregular, que ordena a través del color. Canogar ha escrito sobre estos trabajos «mis obras más recientes son casi un resumen de todos los anteriores momentos… Siempre me interesó lo nuevo, lo distinto, lo radical. Pero cuando estoy frente a la concepción de una nueva obra me doy cuenta de que, además de ser un ejercicio de libertad y transgresión, lo es también de responsabilidad… Nunca he podido ser más consciente, como ahora, de la responsabilidad del creador como transgresor de ideas y estéticas; hay que abrir las ventanas a lo nuevo, a partir de ciertos datos que se conocen, para adentrarse en el descubrimiento de lo desconocido».

