Realiza sus primeros estudios pictóricos en la Escuela de Arte y Oficios de Tenerife y en el taller del escultor Alfonso Reyes. En 1951 se instala en Madrid y asiste a las clases de Daniel Vázquez Díaz, que compatibiliza con la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Conoce a Rafael Canogar y visita con interés los museos madrileños, en especial, el Museo del Prado y el Museo de Arte Moderno.
Durante estos primeros años, el pintor trabajará sobre distintos géneros pictóricos: la figura, el paisaje, el bodegón…, pero en ellos sólo utilizará los elementos que considera necesarios para plasmar sus pensamientos e ideas. Sus figuras aparecen siempre exentas y solitarias, saliendo de fondo oscuro; los rostros son hieráticos, y las manos cruzadas suelen sostener algún objeto. En los paisajes pinta piedras y cipreses mediante planos horizontales, con colores amarillos, rosas y violetas, que transmiten cierto misticismo.
En 1960 recibe una beca de la Fundación Juan March, visita Roma y París, junto a otras ciudades europeas, que influyeron decisivamente en la evolución de su obra. Uno de los hallazgos técnicos de Cristino de Vera en estos años es el tratamiento de la luz, que emana de los objetos e ilumina por completo la estructura del cuadro, logrando mediante el uso de una pincelada seca y corta dada sobre un fondo blanco, un matiz con cierto carácter espiritual. La técnica que utiliza nos recuerda a los puntillistas, aunque de Vera no da la pincelada redonda, ni pinta con colores diversos, como éstos, sino que aplica una sucesión de pinceladas breves, delicadamente enlazadas, por cuyos huecos emerge el blanco del fondo. Dependiendo de si ese hueco es más grande o más pequeño, el blanco luminoso cambiará el matiz del color.
En su obra el artista toma conciencia de la preponderancia que la luz tiene en la existencia de las cosas, y baña los objetos dándoles un carácter simbólico, que invita a la contemplación y a la calma: «Quisiera en mi trabajo que todo tuviera un aire remansado, que pareciese que lo fugaz es detenido, que huyese la angustia, y que el silencio y la paz lo envolviese todo, que la misma muerte fuese clara y diáfana, como una melodía silente donde todo fuese armónico […]».
En 1974 viaja a Estados Unidos y poco después a la India, pero su estilo está claramente definido, sus figuras se reducen a lo esencial, eliminando cualquier anécdota, expresando en algunas un dolor contenido y sereno como testimonio de la visión del mundo, que nos transmite un aire místico y espiritual. También ha realizado obras de temática explícitamente religiosa, son cuadros que siguiendo la tradición de la pintura española nos recuerdan a Zurbarán, Murillo, Valdés Leal y El Greco, de los que también extrae enseñanzas al realizar sus bodegones, vanitas, paisajes, etc.
La obra de Cristino de Vera se caracteriza por un lenguaje sobrio y ascético, en el que según Lázaro Santana «[…] halló desde muy joven la forma idónea para expresarse. El pintor repite los mismos elementos y el mismo concepto plástico, pero encauzándolo dentro de una capacidad de invención sorprendente».
En la década de los ochenta realiza la obra Mesa y objetos blancos, donde cestos dispuestos en la mesa se han simplificado, los ha liberado de todo aquello que pudiera parecer anecdótico, situándolos en un espacio geométrico y vacío, animándolos con una luz que emana del interior de los objetos. «La luz —indica Cristino de Vera— es la forma de desnudar las cosas hasta su verdadera medida espiritual».
Los objetos tratados con esa luz cuya calidad es más metafísica que real, quedan liberados de su carácter cotidiano y se convierten en símbolos. Grises cenicientos, platas, ocres, sienas, amarillos y blancos, serán los colores escogidos por el artista para dar cuerpo a su pintura y revelar la luz que en ella es una gama cromática apagada que busca un clima de melancólica sugerencia y espiritualidad.

