Licenciada en Bellas Artes en su ciudad natal, la escultora Susana Solano comienza su trayectoria artística dentro de la pintura y llega a la escultura —disciplina donde desarrolla lo fundamental de su obra más conocida y personal— tardíamente. Desde sus primeras exposiciones de carácter individual en el Spai 10 de la Fundación Joan Miró de Barcelona (1980), presentada por Javier Rubio Navarro bajo el significativo título de Fe de bautismo, en la galería Ciento de la misma ciudad (1983), o en la galería Fernando Vijande de Madrid (1986), su obra tendrá un progresivo y rápido reconocimiento que la llevará a ser seleccionada en el año 1987 en la Documenta 8 de Kassel y en Skulptur Projekte de Münster, adquiriendo así afianzamiento en su proyección internacional que ya había empezado años antes y convirtiéndose en uno de los nombres de artista española que más interés suscita en el extranjero.
En 1988, el mismo año en que representa España en la XLIII Bienal de Venecia, es galardonada con el Premio Nacional de Artes Plásticas del Ministerio de Cultura, «[…] por la fuerza y calidad de su obra, así como por el replanteamiento muy personal de los presupuestos más renovadores de la escultura moderna».
En sus primeros trabajos a comienzo de los ochenta, realizados en madera, Susana Solano evidencia la ascendencia del escultor rumano Constantin Brancusi. Posteriormente, en su serie de Colinas huecas, trabajada a lo largo de 1984 y 1985, sorprenderá por el atrevimiento y el dominio con que pasará a utilizar el hierro y el plomo, a menudo combinados con escayola y otros materiales, experimentando e innovando la técnica del forjado industrial con un método casi artesanal, que evidenciaba parte de su proceso en el acabado final de la obra. Esta serie, convertida rápidamente en una de sus imágenes características, contiene ya lo básico de su obra de madurez posterior: la fuerza y la energía de un trabajo que no duda en instigar el espacio a través de imágenes fuertemente personales y resueltas con gran rotundidad, en las que se armoniza el orden y la sencillez con la ocupación y el exceso.
Progresivamente sus esculturas adquieren una presencia cada vez más grandiosa, monumental y grave, en las que a pesar de su tendencia a una mayor reducción geométrica y una limpieza acusada en los volúmenes, que en ocasiones remiten directamente al minimalismo, no es extraño encontrar referencias o citas explícitas a Bellini y los barrocos. De hecho, en ocasiones, algunos de sus planteamientos espaciales parecen investigar sobre esa pérdida de recogimiento, ese desarrollo escenográfico que extiende la escultura fuera de sí y la lleva a ocupar el espacio circundante, invirtiéndolo y llenándolo ingrávidamente hasta dificultar la visión de la propia obra. Su iconografía se desenvuelve entre piezas macizas, estructuras formales cerradas, jaulas abiertas, recintos arquitectónicos aludidos, rings teatrales, escenarios imposibles, ascensores ambiguos, huecos de escalera… resueltos todos ellos en la fusión del legado tradicional de la escultura con una perspectiva absolutamente nueva de rigurosa depuración y control formal.
También en esta aguatinta del año 1993, titulada Meditaciones, parecen recogerse los recorridos posibles de fluidos o fuerzas que atraviesan, demorándose, arremolinándose, el espacio de una curiosa estancia representada en planta, y en la que sus muros quedan remarcados por el mismo trazo de estas mareas, aliviándoles de rigidez.

