Hijo de una familia acomodada de origen español, cursa estudios de Medicina. Su interés por la pintura se inicia en 1942, durante una enfermedad. Entre 1946 y 1949 estudió filosofía y letras en la Universidad de Harvard, para pasar poco tiempo después a ser ayudante en el Departamento de Artes Gráficas de la Biblioteca del Harvard College.
En 1951 retornó a Manila. Las obras de este periodo muestran la influencia de pintores postimpresionistas franceses y expresionistas americanos, con una temática costumbrista filipina, mediante el uso de formas sencillas y el empleo de colores vivos y planos, influenciados por Matisse, con gran preponderancia del dibujo. El descubrimiento de la obra de Rothko y de la fotografía le impulsan a replantearse su postura como pintor. En 1955 viaja por Europa, visita Madrid e inicia su amistad con Gerardo Rueda, Luis Feito, Guillermo Delgado y Antonio Lorenzo, y empieza a coleccionar obras de artistas abstractos españoles, con los que formará en 1966 el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.
Sus búsquedas le inducen a abandonar la figuración y a realizar obras abstractas, como la serie Saetas, fechada entre 1957-1959, con caligrafías al óleo sobre fondos de color, influida de la estética oriental y el expresionismo americano. Más tarde su Serie negra, cuadros que adoptan el grafismo negro sobre fondos blancos, con énfasis en el movimiento y gran fuerza expresiva.
En 1961 se instala definitivamente en Madrid. En estos últimos años sus obras se van complicando en estructura, composición y temática, con alusiones a la pintura clásica. Bajo el título Diálogos irán surgiendo esporádicamente estas obras durante toda la trayectoria posterior del artista, en la que se hacen referencias metafóricas a Braque, Poussin, Tintoretto y Degas, entre otros.
Entre 1968 y 1969, Zóbel tiende a lo geometrizante mediante espacios transparentes y algunos juegos ópticos de color. A partir de la década de los setenta su pintura se va a organizar en series, con temas relacionados con los paisajes conquenses, desarrollando un sistema de trabajo consistente en la evolución de un tema que poco a poco se va configurando a través de dibujos, bocetos, cuadros, fotografías y acuarelas a los paisajes, el tema más tratado en su obra, que tienden a interiorizarse y convertirse casi en metáforas mediante el uso de líneas claras y contundentes. La profundidad y el volumen remarcados por el color y el espacio, se insinúan por medio de rayas y cuadrículas que delimitan las formas, dimensiones y perspectivas.
A mediados de los setenta vuelve a prescindir del color, para volver a utilizar solo el blanco y el negro, pero con técnicas y conceptos diferentes a su etapa anterior. En esta época realiza la Serie blanca, a la que pertenece la obra que aquí presentamos, La piedra del caballo. En ella el espacio se vuelve esencial, porque no solo constituye el fondo del cuadro, sino que, de alguna forma, también crea color y volumen mediante los ligeros tonos grises y negros que lo construyen, componen y sugieren y que nos traducen todo tipo de sensaciones. Como él decía: «Toda esa masa blanca vibra y sugiere color, mejor dicho es color, aunque el color permanezca dentro de los límites de los que solemos llamar gris. Grises cálidos y grises fríos, casi siempre muy claros, pero con algún acento oscuro que resalte su claridad. El efecto final, creo, es de un gran espacio blanco, real, metafísico, lírico». También realizó obras de temática musical muy importantes dentro de su obra. En los últimos años de su vida, sus cuadros alcanzan una mayor vitalidad cromática, tiende a eliminar las tramas, los perfiles y el dibujo, utilizando el color de una forma precisa y directa, a veces incluso puro, sin degradaciones. La composición y el ritmo se basará, sobre todo, en la manera de usar los colores.
Un año antes de su muerte recibió la Medalla de Oro de las Bellas Artes, pero antes nos legó sus palabras: «Quizá la abstracción, en mis cuadros, esté en manos del público. Si reconocen algún tema, los cuadros son figurativos; y si no, abstractos. Pero no se trata de un juego de adivinanza. Me da igual que mis paisajes se reconozcan como paisajes o como flautas. Lo que sí me importa es que mi sensación, ‘mi pequeña sensación’, como diría Cézanne, encuentre un eco».

