Cuando contaba solamente con dos años de edad, su familia se traslada a Sama de Langreo, en la cuenca minera del Nalón. Úrculo abandonó sus estudios de bachillerato para ponerse a trabajar en la mina. En 1954, una larga enfermedad le obligó a abandonar la mina y durante su convalecencia se dedicó al dibujo de forma autodidacta. Tres años más tarde realiza su primera exposición con unos cuadros que plasman rincones urbanos de Sama, la Felguera y Oviedo, representando los barrios obreros de una manera en que lo anecdótico cedía protagonismo a una visión humanizada de los arrabales de su villa. A raíz de esta exposición consiguió una beca para trasladarse a Madrid, donde asistió a las clases de dibujo del Círculo de Bellas Artes. Durante su estancia en la capital su interés sigue centrándose en los barrios obreros. Son obras realizadas con fuertes empastes, gruesos contornos, de dicción muy expresiva y ejecutados directamente.
En 1958 viaja a París, donde coincidirá con Antoni Clavé y Orlando Pelayo. Dos años más tarde tiene que irse a cumplir el servicio militar en el Sahara y, posteriormente, en Canarias. Allí conoció a Eduardo Westerdahl y bajo su influencia, pintó una serie de obras abstractas entre 1960 y 1961. Realizadas sobre cartulina y arpillera en técnicas mixtas, cargadas de materia en tonos negros, blancos y tierras, mezclados con azules y grises.
En febrero de 1962 vuelve a París, donde retoma poco a poco las formas figurativas. Después de unos meses en la capital francesa pasó a instalarse en Madrid. En ese momento sus obras están cargadas de un expresionismo figurativo de connotaciones sociales muy claras. Donde está más presente la evolución de Eduardo Úrculo es en su obra sobre papel. A menudo deja grandes espacios en blanco, concentrando un amasijo de figuras en el centro y, a veces, una franja negra en la parte superior. En ocasiones aparecen letras, a modo de graffiti, en las que se leen proclamas de reivindicación social.
En 1967 se produce un cambio radical en su obra. Comienza la realización de trabajos dentro de la estética del pop-art, usando pintura acrílica, tintas planas y los contornos muy marcados. Aparecen también los motivos eróticos. A finales de 1968, después de una estancia en Ibiza, el pintor vuelve a instalarse en Madrid. En los primeros años de la década siguiente, la obra se hace más compleja con alusiones astrales, la representación de la figura fragmentada, la profusión de telas y cortinajes confiriéndole al cuadro un marcado barroquismo. Un claro exponente de este período, el de mayor actividad y reconocimiento hasta el momento, es este Interior con perro, del año 1973. En esta etapa se produce también el comienzo del uso del aerógrafo, que confiere un mayor volumen a las figuras representadas. En 1975, durante el embarazo de su mujer, pinta como motivo central de sus obras a la vaca, como símbolo de fecundidad, lo que da una idea de la íntima relación de la vida del artista con su producción pictórica.
En la década de los ochenta la pintura de Úrculo se va alejando del mundo sensual y erótico y va tomando protagonismo los motivos autobiográficos. Técnicamente, recupera el protagonismo el pincel y va dejando de lado el aerógrafo. La vida del pintor se plasma ahora directamente en el lienzo, no de forma alegórica o simbólica. El propio Úrculo aparece protagonizando alguno de los cuadros. En otras obras, el protagonista aparece de espaldas al espectador, contemplando el paisaje, lo que provoca un cierto aire de melancolía.
En 1984 realiza sus primeras esculturas. En ellas, elementos accesorios como pueden ser la chaqueta y, sobre todo, el sombrero, sustituyen la presencia de la figura humana. En la segunda mitad de los años ochenta y en la década de los 90 los paisajes de los cuadros son halls de grandes hoteles y lugares de Nueva York. En realidad, el verdadero protagonista es el viaje. En los años finales de la década incorpora a su iconografía sobre el viaje la figura del aeroplano.

