El pintor y escultor Manuel Gómez Raba nació en Santander el 21 de febrero de 1928. Tras haber realizado estudios de pintura con Flavio San Román en su ciudad natal, se traslada en 1946 y junto con su hermana Carmen a Madrid, donde ambos estudian en el taller de Eduardo Chicharro durante tres años. En el año 1951 ambos hermanos realizan una exposición conjunta en la sala de la revista santanderina Proel. En 1961, tras una corta estancia en Ibiza, regresa a Santander, donde desarrollará el resto de su trayectoria.
Raba, sin embargo, pronto abandonará las posiciones tradicionales de sus maestros, y sus primeras obras, independientes de sus enseñanzas y tutela, mostrarán un claro ascendente expresionista. El artista, no contento con ellas, las destruyó posteriormente casi en su totalidad. Será entonces cuando comience un periodo de búsqueda y experimentación que se prolongará hasta 1963, año de su primera exposición individual, en la galería Prisma de Madrid. En torno a esa fecha consolida un estilo particular, en pinturas objetuales al borde de lo escultórico y de origen informalista, realizadas sobre maderas que en un primer momento eran planas y luego redondeadas. A ellas llegará por medio de su interés y sostenida investigación en los efectos estéticos conseguidos con la manipulación de los materiales, los cuales dejarán de estar sometidos a referencias anecdóticas de la realidad para centrarse en el interés que suscita su propia naturaleza. Trabajando con colas sintéticas, pinturas acrílicas y arena sobre superficies planas, surcadas por raras señales y ambiguas indicaciones, alcanzará a crear en esas obras verdaderos «duplicados» de una tierra resquebrajada y rota, evocadora de duras e inhóspitas orografías volcánicas o desérticas.
Esta materia en ebullición enseguida reclama una tercera dimensión, una corporeidad ampliada, que el artista desarrolla a partir del año 1966, en piezas que, durante esa década, serán principalmente de madera para, ya en la siguiente, pasar a utilizar poliéster y fibra de vidrio junto a materiales pictóricos. A partir de entonces Raba frecuentaría un territorio indeterminado de esculturas con vocación gráfica y planiforme, donde la distinciones con los elementos pictóricos no están siempre netamente definidas.
Representativa del autor, que no acostumbraba a dar nombres a sus piezas, es esta Forma LXX (1975), en poliéster policromado. Pertenece a una de sus series más conocidas y extensa, a la que el autor dedicó varios años de trabajo, en donde el cuerpo de formato rectangular que la unifica, abultado en su centro y redondeado en su perímetro, pulido la mayor parte de las veces, aparece surcado en sus distintas variantes por grietas, perforaciones, cráteres, simas, punciones o fisuras como provenientes de la acción de la naturaleza; pero que, sin embargo, nunca olvidan, en sus efectos estetizantes no disimulados, incluso evidentes, su origen artificial y su función expresiva.
Manuel Gómez Raba se convirtió, en el momento de su madurez creativa, en una de las figuras más importantes del arte abstracto español; tras su muerte, en 1983, su obra cae en un injusto olvido que se ha ido reduciendo con la reivindicación de su obra como una de las más señeras del panorama artístico nacional de aquella época.

