Aunque nacido en Ceuta, amador es hijo de asturianos y en esta tierra se crío y creció. En Cangas de Narcea estudió y trabajó de aprendiz en una carpintería de carros. Realizó estudios de comercio e ingresó como técnico en el Ministerio de Hacienda en 1947, lo que no impide que siga con sus estudios artísticos. En 1958 realiza sus primeras esculturas. Se trata de obras de referencias figurativas, con cierto matiz expresionista. Muestra un especial interés por el tema del hombre y de la relación de éste con la naturaleza y la sociedad. El hierro y la madera son los materiales empleados en estas creaciones.
Con la madera realiza las piezas de volúmenes más contundentes; el hierro es utilizado para obras de volúmenes livianos. La capacidad expresiva del material dejará pronto de interesarle, hasta convertirse en un obstáculo en el momento en el que trata de objetivar el resultado plástico.
En torno a 1960, la figuración cede paso a unas creaciones que prescinden de un tema o intención que no sea de naturaleza estética. Surgen en este momento esculturas objetuales en las que el protagonista es el espacio. Mediante hilos de acero y guijarros, Amador dibuja en el espacio formas livianas que establecen relaciones de tensión con aquél; precisamente Tensiones será el título genérico de esta serie.
En los años 1964-1965, y como evolución de estas obras, realiza una serie de Móviles que parten de la serie anterior. En este momento los elementos móviles estarán dotados de su propio espacio escultórico, delimitado y aislado por láminas de plástico. Conjugan de este modo los Móviles las formas livianas con el recuerdo de la escultura de bloque, todo ello interpretado según procedimientos de gran originalidad. Por otro lado, la geometría comienza a imponerse en el cuerpo plástico que envuelve la obra y que la acerca a la forma cúbica. También encontramos la incorporación de otros materiales nuevos, además del plástico, como son el hierro, la madera, e incluso en algunas obras, el agua y los elementos vegetales.
En torno a 1965, Amador adopta un cambio de actitud ante el hecho creativo. Si hasta ese momento su escultura daba cabida por igual a lo geométrico y lo orgánico, ahora rompe con cualquier indicio de versatilidad para buscar la creación de un espacio estético a partir de las formas geométricas puras. En esta evolución tuvo gran influencia su contacto con la obra del escultor Jorge Oteiza.
La primera forma geométrica a la que se enfrenta es la esfera, con una serie de obras dedicadas a la Desocupación de la esfera. La esfera es para Amador el «objeto escultórico por excelencia, al que nada falta, al que nada sobra». El proceso experimental y de trabajo iniciado con la esfera será aplicado a otros volúmenes como la pirámide, el cilindro y el paralelepípedo.
A partir del año 1967 comienza a trabajar en el cuerpo geométrico con el que va a conseguir mayores satisfacciones y resultados más notables, y en el que sigue experimentando hasta finales de los 90: el cubo. En su aproximación a este cuerpo se distinguen dos actitudes sucesivas: en una primera fase, el método de trabajo se orienta hacia la desmaterialización de la figura, en una segunda etapa, de recuperar la escultura como masa, los volúmenes rotundos y contundentes, siempre dentro del geometrismo originario. Estos dos planteamientos están ya presentes en las obras que presenta en la Bienal de Venecia de 1972.
La escultura de Amador comienza a caracterizarse por una cierta monumentalidad arquitectónica más conceptual que producto de sus dimensiones reales, como refleja este Doble cubo apaisado. Los materiales que utiliza están supeditados al planteamiento volumétrico-espacial. Así, para la serie dedicada a la desmaterialización del cubo recurre preferentemente al hierro, quedando la piedra (mármol y granito) para su investigación sobre la masa del cubo.


