Tras la Guerra Civil, su familia se traslada a Murcia y más tarde a Tenerife, donde se matricula en la Escuela de Artes y Oficios y sigue estudios de pintura bajo la dirección del pintor Mariano de Cossío. En 1943 se instala definitivamente en Madrid, ingresando en la escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde es discípulo de Daniel Vázquez Díaz y Ramón Stolz. En 1952 es seleccionado para participar en la I Bienal Hispanoamericana de Arte de Madrid. Un año después viaja con una beca del Instituto Francés a París donde coincidirá con Feito, Canogar, Vilacasas y el escultor José Luis Sánchez. A partir de esta fecha comienza sus ensayos abstractos, y con estas obras hará su primera exposición no figurativa. A raíz de ella surgen los primeros trabajos de encargo que le permiten ganar algún dinero: mosaicos, vidrieras, pinturas, murales, etc.
A pesar de que estos años estarían marcados por estos trabajos de encargo, no abandonó sus experiencias abstracto-geométricas. Pero esta labor es llevada en solitario y sin participación en exposiciones. Esta será, sin duda, la causa de su desvinculación de cualquier movimiento de grupo o equipo, que otros pintores llevan a cabo en este momento.
En los años 1958-59, su pintura se vuelve más densa. Inicia un periodo de gruesas materias a base de polvo de mármol, pigmentos y alquil. Tras este periodo, descubre el papel de seda y las posibilidades que éste le ofrece. Estimulado por el hallazgo, abandona esas arenosas materias empleadas hasta entonces y adopta definitivamente el collage como medio de expresión plástica.
A finales de 1963 se traslada a Nueva York donde consolida su amistad con José Guerrero y su familia, que le ayudan y orientan. A final de la década su trabajo sufre un cambio notable. La gama de colores se va aclarando paulatinamente, aparecen algunos elementos figurativos procedentes de carteles y otros papeles impresos, aunque éstos tratan de ser camuflados o inmersos dentro de grandes superficies o espacios neutros, como simples focos de intención expresiva.
En la década de los setenta, la madera va ganando protagonismo progresivamente en la obra de Farreras no solo como soporte de las obras, como se puede comprobar en este Collage nº 725 de 1974. Desaparecen los rasgos figurativos que indiquen intención narrativa. La obra es una propuesta depuradora, de limpieza de ornamentos innecesarios, de aglutinación de esencias. Persigue las más finas vibraciones y modulaciones de color, algo que se manifiesta en el resplandor que emana de sus obras, que parecen haber ganado cuerpo en esta etapa creativa.
En sus creaciones de finales de los 90, nos encontramos ante una plástica de gran expresividad, apoyada en relieves de madera y en un cromatismo más delicado y sutil, sin que por ello se rebaje su vigor expresivo. Entre estos relieves y los murales que sigue realizando hay una clara proximidad.
Por otra parte, el abandono del collage y la adopción del trabajo en relieve no se dan de una forma radical o violenta, ambas técnicas conviven durante un periodo de tiempo, y solo a finales de los años ochenta abandona definitivamente el collage.

