Nacido en Algeciras, Vela estudió en la Escuela de Santa Isabel de Hungría de Sevilla y en la de San Fernando de Madrid. Es fundamental en su despegue como artista la figura de Luis González Robles, quien le ayudaría a encontrar trabajo y le seleccionaría para participar en la exposición Espacio y color en la pintura española, con la que viajó a Río de Janeiro en compañía de Lucio Muñoz, igualmente seleccionado para la muestra.
En 1957, tras terminar sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, viaja a París. Un año más tarde realiza su primera exposición individual en la librería Clan, siendo seleccionado para participar en la XXIX Bienal de Venecia. El arquitecto Javier Carvajal lo pone en contacto con Enrique Loewe y entra a trabajar en la conocida firma como diseñador de objetos, realizador y asesor artístico. Su obra plástica inicial se inscribe dentro del informalismo, aunque rápidamente sus pasos se irán encaminado hacia la abstracción.
La década de los sesenta supone el despegue definitivo de la carrera de Vicente Vela. Una vez conseguida la estabilidad económica gracias al trabajo en Loewe, puede dedicarse con mayor intensidad a su creación pictórica. Sus exposiciones, tanto individuales como colectivas, reciben una gran acogida por parte de la crítica especializada. En estos años sus obras se enmarcan ya dentro de la abstracción.
Nos encontramos ante lienzos de gran lirismo en los que se da un gran contraste entre las luces y las sombras. Entre 1963 y 1965 Vela produce una obra que presenta una exploración de la doble relación entre la forma y el gesto, con una personalidad propia dentro de la abstracción española. Estas pinturas se manifiestan como una conjugación de diversos elementos, a partir de un concepto de espacio, de la determinación de una forma para ese espacio, de la introducción de una dimensión de carácter dinámico y apoyando la totalidad de la obra en la conceptualización del color.
Los últimos años de la década de los sesenta se caracterizan por el dominio de los contenidos cromáticos como hilos conductores. Vicente Vela experimenta en los distintos repertorios de posibilidades que el color le ofrece. Esta investigación con los colores tiene como objeto el dominio de la luz que, como ha señalado el crítico Carlos Areán, es la forma pictórica primordial en la obra de Vicente Vela. Otra característica de la obra de este período es la búsqueda de la tridimensionalidad; la perspectiva aérea y el claroscuro son utilizados de una forma que podríamos definir como clásica o tradicional.
La década de los setenta se inicia con una exposición en el Museo Español de Arte Contemporáneo de Madrid. Sus obras de estos primeros años de la década se caracterizaron por las referencias al universo y los orígenes de la vida en cuanto a la temática, y por la incorporación de algunos elementos figurativos.
En la segunda mitad de los setenta, la pintura de Vicente Vela alcanza su madurez definitiva. Tal y como podemos apreciar en esta obra, realizada en 1975, perteneciente a la colección MIAC, las referencias figurativas desaparecen pero persiste la tensión entre el infinito y ese angosto espacio «membranal» en que se mueve el feto antes de nacer. Sus obras poseen una sorprendente belleza proveniente de su armónico sentido del color y de la perfección de su acabado. El itinerario artístico de Vicente Vela supone un continuo avance en la búsqueda de una identidad que no descuide la visualidad y la armonía.

