La escultora y artista experimental Eva Lootz estudió filosofía pura, musicología, ciencias del teatro y cine en la Facultad de Filosofía y en la Escuela de Cinematografía y Televisión de Viena, formándose artísticamente con Jeniz Leinfellner.
Desde 1965 está afincada en Madrid, y junto con el filósofo Patricio Bulnes, el pintor y arquitecto Juan Navarro Baldeweg, y su compatriota, el también escultor Adolf Schlösser, forman durante esos años un muy interesante, pero difícilmente definible, núcleo situado en el territorio del arte conceptual, y que como momentos más definidos de su conexión tienen el haber creado en 1977 la revista experimental Humo, de la que sólo se llegó a editar un solo número, y la organización de varias actividades en torno a la galería Buades de Madrid.
Sin embargo, la singularidad del «conceptualismo» practicado por la artista austriaca le aleja de las prácticas más extendidas a principio de los setenta arropadas con esa denominación, y buena prueba de ello se encuentra en su sutil pero radical investigación sobre lo que algunos llamaron «subsentidos», en su evocador uso de los más diversos materiales, así como en su versatilidad formal y plástica puesta al servicio de poéticas referencias a la memoria, el tiempo, el trabajo y la naturaleza. Así, no resulta que Eva Lootz (que ha escrito: «Mi trabajo es el remedio a la imposibilidad de hacer una obra».) sea reivindicada con frecuencia a la hora de establecer las nuevas genealogías que sobre el arte femenino se han realizado en los años ochenta y noventa.
Tras algunas tempranas muestras colectivas en las que expone obras de carácter posminimalista, realiza su primera exposición en solitario, que tiene lugar en la galería Ovidio de Madrid en el año 1973. Cuatro años más tarde, con la obra Parafina —una acción desarrollada en un estanque de La Navata, sobre cuya superficie la artista hacía solidificarse una capa de material que daba título a la pieza, y que más tarde era alterada por efecto del aire y las ondas del agua—, Eva Lootz iniciará una serie de instalaciones para espacios específicos que ha venido desarrollando hasta la actualidad. A partir de entonces quedará como característica marcada de su trabajo la especial sensibilidad con que son tratados en él los materiales que frecuenta: mercurio, arena, carbonilla, hielo, lana, lacre, plomo…
Eva Lootz, que a menudo escribe los textos que acompañan a sus catálogos, es autora también de una delicada obra dibujística, que con frecuencia suele ser al mismo tiempo comentario y boceto de su obra escultórica. Este grabado titulado Kleist, realizado con técnica aguafuerte, aguatinta y rodillo, puede servir como ejemplo del intrincado universo de la artista, al que se accede a través de ciertas referencias al mundo femenino, de su entorno más íntimo o cotidiano, representados de manera esquemática, y cuya combinación trae a la memoria esas palabras de la propia Lootz en las que explica el nombre de la obra, asociada a una larga serie de dibujos: «Llamo “Kleist” a una frecuencia que deja entrever cómo cada singularidad tiene su manera de traicionar el universal».

