Desde muy joven inicia su relación con la escultura gracias a un familiar, Enrique Cejas Zaldívar, que en la postguerra desempeña un papel importante en el panorama artístico de la isla y que la iniciará en el modelado. Participa en exposiciones colectivas desde 1950, pero su matrimonio y maternidad le apartaron durante un tiempo del trabajo artístico, que retoma en la década de los sesenta ingresando en la Escuela de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, siendo cofundadora del grupo Nuestro Arte en 1963.
En su obra ha desarrollado una intensa labor de investigación partiendo de las posibilidades expresivas de los materiales más diversos, desde los más tradicionales: yesos, maderas o piedras, hasta los más variados: cobres, aluminios, hierros, plomos, terracotas, plásticos, pieles, cementos. Si en sus primeras piezas se preocupa por la realización de obras realistas, en las que predomina el retrato y cierto carácter simbólico basado en desnudos femeninos, hacia 1960 se produce un proceso de síntesis formal, en la que busca la eliminación de todo lo que hay de accesorio en sus obras, al tiempo que va descubriendo las posibilidades expresivas de todo tipo de materiales. De este período son ejemplo sus figuras femeninas que muestran una preocupación por los volúmenes, un contraste producido por sus huecos y concavidades, que junto al pulimento de las superficies, contribuyen a destacar la claridad de los materiales.
Paralelamente realiza otras obras con materiales metálicos, junto con otros más tradicionales, en su búsqueda incansable de nuevas iconografías. Hacia los años setenta llega a la abstracción. En este periodo la depuración de formas ha llegado a su culminación y sus obras adquieren cierto carácter simbolista, desarrolla las posibilidades expresivas de los propios materiales y se entrega a la recreación, a través de formas muy depuradas, de instrumentos musicales mediante una triple cuerda que une dos bloques entre sí. Las obras más representativas de este momento son las que forman parte de la serie Aeroevasión, donde muestra su interés por los aspectos dinámicos del mundo del motor y la tecnología, y que nos recuerdan aviones, pájaros…, realizados mediante planchas metálicas con perfiles aerodinámicos unidos por soportes pulidos y brillantes.
Otros sucesos dramáticos, relacionados con un grave accidente de aviación en el aeropuerto de Los Rodeos, también sirven de inspiración a la artista, que realiza sus «cajas negras», en las que mezcla líneas aerodinámicas con superficies rugosas unidas por remaches para señalar la participación del hombre en el complejo mundo de la máquina. Partiendo de estos perfiles y esos volúmenes dinámicos, la escultora llegará a la realización de sus conocidas Formas de silencio, donde la preocupación por la forma y la búsqueda de posibilidades expresivas del material utilizado, no impiden la denuncia y crítica del exceso en el uso de la máquina.
Entre 1978 y 1979 trabaja la escultura pintada, con obras que nos recuerdan relieves, realizados con fondos de aluminio y trabajados con ácido sobre el que coloca formas casi figurativas. Poco después, las figuras y el fondo se hacen utilizando chapas de cobre, que nos evocan paisajes. También ha trabajado la madera, a la que le da cualidades óseas y formas arbóreas, transmitiendo la esencia de la vida. En los años ochenta, su obra escultórica se plasmó en la serie Atlántica, realizada en acero y pintada en colores diferentes, obras que apuntan al cielo mediante líneas muy depuradas. En la década de los noventa realiza collages sobre papel de carácter geométrico y variado cromatismo.

