En 1940 comienza a estudiar dibujo por correspondencia. Entre 1942 y 1944 estudia en la Escuela de aprendices de matemáticas, física y química. Esta formación será decisiva en su vida, ya que explica la pasión del artista por las ciencias, así como la importancia de conceptos omnipresentes en su pintura, como pueden ser la interacción de colores y formas o la importancia de la luz en el universo y como efecto del lenguaje cromático en sus obras.
En 1951 ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su paso por la Escuela no es sólo fundamental para su formación artística, sino porque en ella contacta con un grupo de artistas cuya amistad va a perdurar a lo largo de toda su vida: Amalia Avia, Antonio López, Francisco López, Julio López Hernández, María Moreno, Isabel Quintanilla, Joaquín Ramón, Esperanza Parada y Lucio Muñoz.
En 1956 terminó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Su pintura, tras un breve paréntesis en el que trabaja con influencias del neocubismo, se encuentra más cerca de un expresionismo abstracto, con el que plasma paisajes de una manera muy personal. En su primera exposición individual deja sus obras abstractas en el estudio y únicamente muestra obras figurativas, presentadas por Pancho Cossío.
Con la llegada de los años sesenta se produce el reconocimiento internacional de su obra, realizando importantes exposiciones en Europa y participando en las bienales de Venecia y Alejandría, a la vez que su obra evoluciona rápidamente hasta librarse de toda influencia externa. La materia se independiza de la forma y el color domina la composición. En los últimos años de esta década será cuando su lenguaje pictórico alcance madurez, concibiendo ya una atmósfera inventada, irreal, que desarrollará con gran fuerza. A este periodo de plenitud corresponde la obra El mensaje de 1979, en el que recrea, como es habitual en él, su mundo interior, pleno de misterio y belleza, estremecedor por la luz que emana de la obra y por el contundente uso de pinceles y espátulas.
En la década de los ochenta trabaja infatigablemente sobre un único tema: el paisaje. En la evolución de su pintura incide en el color como vehículo de expresión. El propio Enrique Gran escribe, a propósito de sus obras: «Mis cuadros describen, pienso, estados anímicos y esta naturaleza nos habla en silencio lo mismo que un humano había dormido o estando bien muerto».
En los últimos años de su vida sigue trabajando en su taller, aunque su actividad pública se reduce drásticamente. En 1992 participó en la película El sol del membrillo de Víctor Erice, que se rueda sobre el proceso creativo de Antonio López.
Forma parte de la exposición Otra realidad. Compañeros de Madrid (1992), que recoge el trabajo de toda una generación afín: Atonio López, María Moreno, Isabel Quintanilla, Francisco López, Esperanza Parada, Julio López Hernández, Amalia Avia, Lucio Muñoz y Joaquín Ramos, amigos y compañeros desde su época de estudiante. Esta muestra se expone en Madrid, Santander y Zaragoza.

