El escultor Martín Chirino nació en la ciudad de Las Palmas, en la playa de las Canteras el 1 de marzo de 1925. Sus primeras tentativas escultóricas se datan a comienzos de la década de los cuarenta, con el modelado y la talla en madera de forma intuitiva y autodidacta. Coincidiendo con ese período, Chirino trabajará con su padre durante algunos años en un astillero, continuando así una tradición mantenida durante generaciones en su familia de hombres vinculados a trabajos de la mar; será allí donde se familiarice con las técnicas de forja y fundición que tanta repercusión tendrán posteriormente en su obra.
En el año 1944 ingresa en la academia del escultor Manuel Ramos, lo que precipita su vocación artística y le hace abandonar por completo cualquier otra tarea ajena al conocimiento y el aprendizaje del oficio. Manteniendo esta inercia, al concluir su servicio militar, en 1948 se traslada a Madrid, donde se matricula en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, estudios que simultanea con trabajos en talleres privados donde realizará sus primeras experiencias e investigaciones dentro de un lenguaje netamente vanguardista, ajeno por completo al recibido en las clases de la Escuela.
Finalizada la carrera en 1952 realiza un breve viaje a París, e inicia un período de reflexión sobre la naturaleza de la escultura (teniendo como referente principal a Julio González) y sobre la pintura moderna en general (con particular atención a la obra de Fernand Léger).
Chirino ampliará su formación viajando al año siguiente también a Italia y a Londres, donde asiste a las clases de la School of Fine Arts. De vuelta a Canarias, en 1954, comienza una etapa de estrecha colaboración con sus íntimos amigos, el poeta Manuel Padorno y el pintor Manolo Millares, con el último de los cuales estudiará los vestigios de la cultura aborigen del archipiélago, que inspirará su serie de esculturas en piedra roja o hierro llamada Reinas negras, de ascendente africanista.
Poco después se marcha definitivamente a Madrid, donde se producirá el encuentro, decisivo para Chirino, con el también escultor Ángel Ferrant, a quien le unirá una gran amistad, y donde se sumará al grupo el Paso, integrado en 1957 por Antonio Saura, Manuel Millares, Manuel Rivera, Rafael Canogar, Luis Feito, Antonio Suárez, Pablo Serrano, Juana Francés, José Ayllón y Manuel Conde.
En 1958 Chirino realiza su primera exposición individual en las Salas del Ateneo de Madrid, y a partir del año siguiente la espiral aparecerá como un motivo recurrente en su obra. «Se puede decir que soy un escultor de una sola pieza, que es la espiral», llegaría a manifestar, en clara referencia a las utilizadas por la cultura guanche primitiva y al ámbito marino.
Las piezas de ese momento, realizadas con láminas de acero, construyen armónicos ritmos helicoidales que evidencian unas tensiones dinámicas curvilíneas y con frecuencia, están pensadas para ser dispuestas directamente sobre el suelo, despojándose del pedestal o la peana, enfatizando con ello su continuidad con el espacio del entorno. Como esta pieza titulada Canarias 2000. El sueño I del año 1998, donde la forma que adopta el giro decreciente de la gruesa banda de hierro forjado parece remitir a formaciones orgánicas (caracolas, conchas) sin esquivar asociaciones con otros motivos ornamentales (rocallas, volutas).
Durante los setenta el artista realiza una serie de obras de carácter monumental y desde principios de la década siguiente su escultura se acercará progresivamente al constructivismo, ampliando notablemente su repertorio formal.
Entre 1983 y 1990 desempeñó el cargo de presidente de la Junta del Patronato del Círculo de Bellas Artes de Madrid y desde 1982 hasta el año 2002 dirigió el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas de Gran Canaria, CAAM. En 1980 el gobierno español le concedió el Premio Nacional de Artes Plásticas.



